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El cafetal, nuestro otro monte.

Octubre 17 de 2003, Este artículo ha sido consultado 3618 veces

Leonardo Rojas. (Q.E.P.D). Custodio de Semillas de la Provincia de Entre Ríos.Calarcá - Córdoba. Quindío

En el pasado acostumbrábamos ir al monte. En él estaban muchos seres que veíamos a veces y otras no. Estaban los animales de pelo, pero también los animales de pluma y unos especiales que eran de caparazón dura como los gurres. En el monte la mayoría de los animales salen en la noche, son muy pocos los que aparecen durante del día como las aves de pluma, que si alguna vez aparecen se oyen más al amanecer o en los atardeceres.

El monte es muy importante para nosotros, los campesinos, y como nos contaban nuestros antepasados, en él habitan seres como la Madremonte, el Duende, y otros más. En el monte estaban los grandes árboles, que también llenaron nuestras vidas, los cambulos, los gualandayes, los higuerones y en algunas partes los cedros, pero el monte era el monte al fin y al cabo, de él podíamos traer leña, orquídeas para la madre o para la vecina enamorada. El monte era algo especial, algo de alguna forma sagrado para nosotros.

Pero existía otro lugar lleno de chorolas de color café, que correteaban por el suelo y se escondían tímidas ante nuestra presencia. Tenían un canto raro, pero a fuerza de oírlo nos empezó a parecer bonito. El encanto de la chorolas y de sus huevos pintaditos, que se podían comer cocidos como los de la gallina. Haciendo malabares en los trapecios de los guamos, estaban las artistas de este circo y allá, más retirado, cerca del guadual, un cusumbo zolino mostraba su cola fulgurante. En el rincón del camino estaba la tierra aún olorosa que el gurre había dejado en la superficie, osando detrás de hormigas y de jugosas lombrices.

Los azulejos volaban entre los guamos churimos, y más allá un rojo cardenal les organizaba respuesta y a nosotros de niños nos parecía hermoso como cantaban distinto pero habitaban el mismo cafetal. Tímidos pero rebosantes del canto más hermoso estaban los cucaracheros; siempre los asociábamos a los techos y a los sótanos de las casas, o al sitio donde se molía o se pilaba el maíz, eran otros habitantes del cafetal.

Dos clases de guamos saciaban nuestros gustos, los churimos fáciles de cargar y más dulzones y los machetos más difíciles de cargar pero con jugosas motas de algodón de azúcar en su interior. Altos zapotes nos ofrecían los travesaños de sus ramas para que subiéramos por sus frutos rojos y carnosos, cuyos pelos se enredaban en nuestros dientes. Después de disfrutar de ese festín, arrojábamos las pepas con toda nuestra fuerza, en un acto no sé si de desafío a la naturaleza o de siembra ancestral.

Una figura elegante, rompía las ramas enredadas de guamos y zapotes, era el madroño, ese otro regalo de los cafetales. Al amigo de la escuela de abajo lo llamábamos madroño, por los barros que tenía en su cara. Pero nada más sabroso que uno encaramarse a comer madroños en el palo. Y qué podemos decir del pomo, con su cubierta carnosa y fina, su sabor casi a cielo y su gran pepa en el centro. Todos nosotros gozábamos cuando el pomo estaba cargado de frutos.

De regreso a casa recogíamos los pequeños dedos de los bananos bocadillos y de los otros pecositos y deliciosos. Los sábados, aparte de ir a la quebrada a bañarnos, traíamos sartas de sabaletas brillantes para freír-las en el fogón de leña de guamo de la casa y comerlas tostaditas con patacones o tajadas de plátano maduro. El chirriar de la manteca y el olor del frito aun lo guardo en mi memoria, como también recuerdo la delicia del cafetal, como un bosque lleno de frutos y sorpresas.

El cafetal y la cementera, un mundo hermoso que aún podemos salvar y recuperar de su destrucción y para hacerlo necesitamos evitar que sea remplazado por fríos monocultivos.

Publicado en Octubre 17 de 2003| Compartir
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