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Experiencias Locales

Manuscritos en el tiempo

Gonzalo Palomino Ortíz, Febrero 13 de 2012, Este artículo ha sido consultado 150 veces

Mark Lynas, investigador planetario, nos ha hecho un gran regalo: sugirió el camino para viajar, con sentimiento ambiental, a través del tiempo y el espacio, y de esta manera contrastar los impactos climáticos, penetrar la biósfera, intercambiar con los nativos, encadenar degradaciones y redistribuir responsabilidades.

Nosotros vamos a rastrear recuerdos, sobre un importante recorrido vivencial por mis trochas preferidas… les contaremos sobre depresiones hídricas, páramos, sabanas, tatacoas, heridos sistemáticamente por la agresión humana; recordaremos los impactos de los cambios climáticos sucesivos, observados periódicamente con estudiantes, en recorridos en el tiempo, en sus escorrentías, impresionados por sus neblinas, colores, endemismos y pesimismos nativos.

La gran ciénaga de la Zapatosa

Mi compromiso con Gaia, se inició dentro del bosque seco tropical, en medio de las exuberancias de los periodos de lluvias, las recolecciones, la permanente abundancia de la Ciénaga de Zapatosa y la vida en su biomasa regada en los playones, en donde pastos y fauna jugaban con la presencia de las gentes en un disfrute abundante y fácil.

La depresión de la gran Ciénaga, vivida y adorada por los chimilas, acumuladora de riquezas en el suelo inundado periódicamente, y en ciclos de una gran abundancia de fauna de agua dulce que en sus aportes rituales, como cuota ceremonial, entregaría al gran río de la Magdalena, con destino a las poblaciones ribereñas hasta más allá del Tolima.

Las aves visitantes del norte, cumpliendo exigencias climáticas, hacían su entrada en la mejor de las temperaturas, como compensación al largo viaje desde el incó- modo frío hasta la reconfortante estación primaveral. La presencia de la avifauna proveniente de los climas imposibles, los aportes de los vacunos y partos abundantes, creaba un ambiente de fiesta de la naturaleza total.

 

Los chimilas y su ambiente

Sin lugar a dudas, los chimilas habían encontrado la ecología de la abundancia nunca entendida por los españoles, quienes pretendían torcer la evolución, la cultura y el destino de la vida auténticamente tropical.

En mi más reciente viaje al territorio chimila, los ecosistemas fértiles albergaban rebaños, los bosques habían desaparecido, predominaban las gramíneas rústicas, las fincas, cercadas con alambre de púas, tenían nombres raros y las vacas, con la piel tatuada, soportaban marcas hechas con hierros candentes, indicando dueños dudosos, la fauna escaseaba y los vaqueros predominaban.

 

Aparecen los dólares y aflora el carbón

Hasta los playones nos llegaron los cuentos sobre una extensa mina de carbón, de muy buena abundancia, que se extendía hasta el mar, con mercado internacional, trashumante y explotadora al extremo; y ya se había apoderado del territorio, de la economía, de lo político, de los patrones religiosos y de las decisiones ciudadanas, solamente preocupadas por las tractomulas, por nuevas exploraciones y por mecanismos de la peor ética, para expandirse, comprar pueblos, manipular regalías y enterrar los residuos ecológicos, culturales y familiares.

El río Cesar, con su corriente de norte a sur, en excelente contradicción geológica, generador de vida en su pasado, parecía un cadáver, eutrofizado, con mucho carbón flotando en sus aguas, peces en flotación, intoxicados, mucho sedimento, ausencia total de indígenas y un recorrido hacia la muerte. El río anunciaba una fuerte agresión en todos sus ecosistemas acuáticos, de playones, pueblos de pescadores, potreros, frutales, paisajes y esperanzas.

Su especial cambio de flujo direccional lo obligaba a depender de las crecientes, desbordamientos e inundaciones del río Magdalena, colector de la mayor parte de la aguas de Colombia, obligado a cambiar sus ciclos hídricos, ictiológicos, de algunos vegetales, y quien sabe de qué microorganismos. En su camino equivocado hacia el mar, el Cesar recogerá los químicos de una agricultura envenenada, y los polvos suspendidos de la mina, como aporte a la desidia de la dirigencia política amontonada en Santa Marta.

 

El valle más allá de Honda

Para compartir la historia, la geografía, el flujo de las ambiciones, del comercio y de la economía, nos castigaron un largo tiempo en El Banco, puerto sobre el Magdalena, que nos descrestaría con la frecuencia de los grandes barcos repletos de todo, especialmente de leña, cargas secretas, gentes de comportamientos revueltos y música en ambiente de fiesta.

Disfrutamos de un especial colegio que, a orillas del río, siempre bajaba cargado de sorpresas ecológicas. Las que acumularon el mayor número de incógnitas fueron las subiendas; nos descrestaban en su abundancia y amplitud los negros musculosos que dominaban balsas, que aguas abajo le mamaban gallo a las corrientes y remolinos.

Los paisajes, que enamoraron a García Márquez, pasajeros presurosos y satisfechos de algo, las cargas muy protegidas, turistas en planes apacibles, y aquellos que sin plata para el pasaje se defendían en hamacas amontonadas; entre todos creaban una especie de locura para conquistar al río.

 

La entrada al Tolima sin pasaporte

Siguiendo la ruta de Gonzalo Jiménez de Quesada por el río de la Magdalena, en contracorriente estaban construyendo la historia de Colombia. Europa lo penetraba hasta Honda, como premisa para conquistar a la Sabana de Bogotá, a la constitución, para completar aquello que no habían logrado los conquistadores.

Y el frío de la Sabana me sorprendería con uniforme militar; un medio día con morral y casco, la temperatura me estrenó con un aguacero, al descubierto, con granizo, y un viento indecente. Nos amontonábamos dentro de un bosque de frailejones −el cual, yo venido del mar, no conocía; por ello siempre he pensado que esa fue una ceremonia de iniciación.

Desde Usaquén hasta los Cerros próximos, mas allá de la Calera, un día de terreno con todo el equipo, como jugando a los militares, comenzó el aguacero, sobre el almuerzo, en una bandeja de cara al cielo, soportado el arroz en un equilibrio imposible, en búsqueda de un escampadero, que en esa primera vez no encontramos… fueron las señales de bienvenida a una militancia ecológica, que me esperaba agazapada en los páramos.

 

Territorio de frailejones

Una buena untada de páramo, con curiosidad científica, fue en la laguna de la Cocha: allí nos encontramos frente a frente con el paramo más bajito del planeta, con bosque por encima del páramo, masas de agua, mucha pesca, ganadería, agricultura y campesinos que le otorgaban un manejo cariñoso; lo manejaban como si fuera de la familia.

En ese ecosistema fuimos aceptando nuestro destino y comprometiendo la necesidad de vincular a las universidades con el conocimiento, divulgación y compromiso con los páramos; en aplicar sabidurías prestadas. Entendimos que cuando las religiones se refieren al cielo, están pensando esencialmente en los páramos, en la atmosfera, en su posibilidad de garantizar la vida en el planeta, expresada en términos de agua, de temperatura, de suelo, de vegetación, de fauna de biodiversidad, de continuidad… de páramos.

 

Manuscritos que no se borran

Los tiempos del planeta Tierra tienen otra dimensión, diferentes fisiografías; cambian funciones, contrastan temperaturas… todo en un camino irreversible hacia la búsqueda de la vida, que esté en donde esté, allí espera.

El tiempo incomprensible gira a velocidades no vivenciales, persistentes, que generan cambios novedosos, gaseosos, químicos, físicos y salpicados de fenómenos en su mayor parte desconocidos. Por ello, en el trópico emergieron cordilleras y páramos, y las nuestras, lentamente, respetando su turno, obedeciendo órdenes y secuencias internas, que desde el núcleo hirviente empujaban y siguen empujando. Las trepamos y las pensamos en su subir y prolongarse por toda América, sobre el borde de las placas del Pacífico, y regalarnos posiciones que sin originalidad llamamos Central, Occidental y Oriental.

En ese lento proceso formaron el gran lago de la Magdalena, bordeado por las dos cordilleras, aportando materiales que se fueron acumulando, lenta y persistentemente, en el fondo, para mostrar al presente los estratos edáficos que denominamos el Valle Alto del río Magdalena, y que geológicamente generaron una excelente ecología, de espacios planos, fértiles, con mucha agua y agricultura indígena. en un clima de excelente oferta. Todo ello con una diversidad vegetal y animal que vivía en armonía con los nativos.

Fue una época de agricultura sostenible, sin la herencia árabe del fuego, de abundante pesca, organización y expansión indígena.

La conversión, después de la cruz y la espada, en vegetación azotada por incendios periódicos, potreros espontáneos, sobrepastoreos, expropiación, despojos, derechos de pernada, nanas y exportación de dineros para sostener generaciones en procesos de adaptación a las Europas, se convertirían en encomiendas y resguardos, que aún perduran en la pretensión de ventas para petróleo, minerías, TLC, biocombustibles, y con la esperanza multinacional de apropiarse de los territorios colombianos.

Y los españoles miraron con ambición los espacios que parecían sabanas, y que un día serían sabanales, después mostrarían los esqueletos del cuaternario salpicado con las arcillas rojas del terciario…

 

Tolima: para dignificarlo ecológicamente

En donde acomodaron políticamente al departamento del Tolima, escogiendo como limites las líneas más fáciles y superponiendo la propiedad a la sabiduría acumulada por los indígenas, especialmente aquellas que por planas habían soportado geológicamente al gran lago, el cual ocupaba, en su momento, todo el espacio plano entre las dos cordilleras. Planicies que lentamente fueron liberando suelos planos, de aluvión, fértiles, que se iban convirtiendo en parches heredados del paraíso terrenal.

Los indígenas, con ayuda de sus dioses, establecieron pactos de armonía y lograron muchas abundancias. Ellos, a diferencia de los españoles, que con herencias árabes consideraban la Tierra como enemiga, para talar, quemar, sobrepastorear, producir extinciones, pernadas, nanas, hasta cuando la fertilidad, la diversidad y la paciencia de la vida se agoten.

Hoy nos quedan como testimonios el mal llamado desierto ya sin cuaternario, con muchos parches del terciario y monumentos para conservar la historia y la prehistoria más allá del presente…

El testimonio de los territorios indígenas, pobres secos, con vegetaciones resistentes y aterrados por amenazas y ruidos de la economía globalizada del norte dominante, que anuncia su llegada con expropiación del territorio, arbitrariedades hídricas, erosiones, destrucciones, desplazamientos, y todas las formas de destrucción minera.

Quiero recoger las sinceras intenciones de despedida de Mark Lynas. Ninguno de los lugares mencionados es remoto y quien los comparta, esperamos, se haya metido en la necesidad de una gran reversa, para que juntos, todos, abordemos esta gran crisis a la que los humanos nunca se habían enfrentado.

Publicado en Febrero 13 de 2012| Compartir
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