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Los retos de la soberanía alimentaria en Bogotá

Hernan Darío Correa, Colombia, Agosto 20 de 2013, Este artículo ha sido consultado 495 veces



Cuando indagamos por la sostenibilidad de Bogotá tenemos sin duda primero que preguntarnos ¿qué es Bogotá?, y quiero destacar algunos elementos que nos permitan reconocer esta ciudad y para ello pongo a consideración cuatro planteamientos para relacionarlas con el tema de la sostenibilidad de la capital del país. Lo primero es que Bogotá es una construcción geográfica-histórica-social en un lugar privilegiado desde un punto de vista ambiental. No todas las ciudades se construyeron en este sentido y quienes levantaron las construcciones aprovecharon unas condiciones ambientales y aprovecharon esta situación privilegiada debido a tres elementos:

Bogotá está ubicada equidistantes de los grandes biomas de Colombia: Amazonas, Orinoquia, el Pacífico e inclusive del Caribe, y obviamente de los Andes. Además, como segundo aspecto, está localizado en el lugar donde se vertebran los nacimientos de la mayoría de las grandes cuencas hidrográficas: Chingaza, ríos de la Orinoquia, Sumapaz y la Amazonia; y finalmente está en medio de grandes centros climáticos, en un solo día en Bogotá podemos encontrar cuatro estaciones, en la madrugada de cuatro grados bajo cero, pasa a veinticinco grados en el día.



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El segundo punto, es que Bogotá se construyó como ciudad y se configuró en medio de dos grandes ciclos de violencia y desarrollo. La historia colombiana ha sido tal y como lo han estudiado sociólogos e historiadores, una combinación particular entre violencia y desarrollo, generalmente despojos muy profundos en el campo van asociados a la globalización, y así por medio de estos desmadres, van configurándose los ordenamientos territoriales y Bogotá tiene un primer ciclo de crecimiento a partir de los años cincuenta en medio de la violencia de los cuarentas-cincuentas en todos los escenarios originarios de la conformación de Bogotá-Región central del país. El Sumapaz, el Tolima, Cundinamarca, y todo el corredor del Magdalena Medio, son los confines de la ciudad- región que vivieron estas implicaciones muy fuertes de violencia y que eso explica la dinámica poblacional que Bogotá deriva. El segundo ciclo de violencia y desarrollo empezó justo en los años noventa, y aún estamos en él. Es un ciclo que aún no ha terminado y de las configuraciones de los ejes de esa nueva noción de acumulación de capital y desarrollo en Colombia, que ahora se le suma el Plan de Desarrollo Nacional con la minería, pero también de violencia que no cesa con todas esas complejidades del conflicto armado, narcotráfico, desplazamiento, etc.

El tercer elemento, Bogotá está enclavada en una región de larga duración. El altiplano cundiboyacense en su configuración regional ya existía antes de la llegada de los conquistadores españoles, era todo un territorio de los muiscas, con unas lógicas de confederaciones y aldeas articuladas que intercambiaban productos y tenían correlaciones de servicios y comunicaciones. Ese eje, que hoy subsiste, ya existía antes de la constitución hispánica y aquí encontramos un tema de territorialidades de lugares campesinos que fundamentan el funcionamiento de la ciudad, pues le traen comida, le garantizan los servicios ambientales como el agua, le prestan servicio de distinto tipos. Esos territorios campesinos son adaptados a las demandas humanas de alimentos, un tema muy importante para entender la soberanía alimentaria.

El cuarto elemento, es que Bogotá es una ciudad autoconstruida, el 70% de las soluciones de vivienda de la ciudad a nivel histórico y hasta nuestros días, son soluciones de vivienda construidas por la propia gente. Es una ciudad informal, llamada así por los planificadores, una ciudad autoconstruida en barrios y localidades enteras. Tenemos a Ciudad Bolívar, una localidad con casi millón y medio de habitantes, construida en los años ochenta y con apenas una generación. Es ahí, en los sectores populares, donde se ha hecho la ciudad. Estos no han pensado solo en las viviendas, sino los espacios públicos, las vías, y han tenido que salir a pelear y exigir al estado que traigan los servicios. El 87% de la población bogotana se ha encargado de autoconstruir la ciudad, es la gente que está inscrita en lo que llaman los desarrollistas, la economía informal. Ese 87% de la población tienen el 97.5% de las unidades productivas de la ciudad: de las empresas, microempresas, empresas familiares, o las que llaman informales, que generan el 64% del empleo y el 60% de los ingresos en la ciudad, y eso está minimizado. Los llamados informales encarnan en sus formas reproductivas sociales, esa complejidad sociocultural de la región central del país y por citar un ejemplo, San Cristóbal Sur es una localidad de 650 mil personas con 270 barrios y cerca del 80% de su población es originaria de Boyacá. Sin estos elementos no podríamos explicarnos las potencialidades y problemas que conllevan la noción de sostenibilidad de la ciudad.

Como ciudad, Bogotá es la punta de un iceberg de una región que vertebra unos factores de ordenamiento territorial muy importantes que se han construido de manera formal, administrativa y política. Esta ciudad tiene un sistema regional de áreas protegidas muy interesante, que al menos formalmente en el concepto de la legislación, protege el corredor de paramos en torno el cual se abreva el ciclo del agua que abastece a Bogotá. Pero a la vez, Bogotá tiene esa complejidad regional pues se alimenta de un sistema muy diverso de agro ecosistemas campesinos e indígenas ̶̶ de Boyacá, Cundinamarca, Tolima ̶ que es lo que permite que exista una disponibilidad alimentaria plena. En Bogotá existen las condiciones para la soberanía y seguridad alimentaria, pues diariamente llegan 14 mil toneladas de comida, de todos los pisos térmicos y diversidades. Otra cosa es que ese 87.5% de la población, esa economía popular, no tiene acceso económico a los alimentos. Por eso tenemos un problema importante, que no debe considerarse de inseguridad alimentaria, constituido por mal nutrición e incluso algunos casos de desnutrición.

Hay una huella alimentaria que Bogotá marca, no simplemente en un sentido negativo de una huella que depreda. La sostenibilidad de Bogotá está dada en el mantenimiento de esas áreas protegidas, de los ecosistemas originarios, la sostenibilidad de Bogotá está dada en que se mantengan y se reproduzcan las relaciones equilibradas entre campo ciudad. No hay destino posible para el campesinado que es quien gestiona los territorios, a veces por modelos inapropiados, pero también con una serie de desarrollos, sin la demanda de Bogotá.

Sin esta demanda no hay garantías de justicia territorial, estabilidad para el campesinado y ahí hay un tema: la sustentabilidad, el equilibrio de intercambios y correlaciones entre ciudad y campo pueden garantizar la sostenibilidad. No es un retorno ideal romántico a unas estabilidades de ecosistemas prístinos, sino más bien la reproducción de agro ecosistemas que pueden incluso mejorarse y también, la oportunidad de revitalizarse. Las recuperaciones naturales en las entrañas de Bogotá. El otro factor de esa estructura que tiene el ordenamiento territorial en Bogotá, es que hay grandes agro ecosistemas en la región, con una estructura económica principal denotada en su plan de ordenamiento territorial y por lo menos se ha convertido en un referente importante de las discusiones en los planes de desarrollo. Hay alrededor de 300 municipios que traen a Bogotá comida, 14 mil toneladas diarias, de las cuales siete mil se quedan en la ciudad y siete mil se reciclan a otras regiones. Ahí existen unas dinámicas de intercambios con profundas injusticias territoriales. Bogotá es una ciudad que integra un mercado interno altísimo que como Región es prácticamente el 45% de la economía colombiana, y solo entre Bogotá Cundinamarca un 31%. Este mercado interno lo están queriendo desvertebrar. Si en el primer ciclo de violencia y desarrollo se generó la industrialización, en este se prepara la desindustrialización, el desmonte del mercado interno, que aun en la precariedad de su situación, le da vida, empleos e ingresos al 85% de la población bogotana, un poco más de seis millones de personas.

 

El plan de desarrollo de Bogotá Humana

El plan de desarrollo de Bogotá Humana se propone transformar el modelo de ciudad que nos han venido montando y me refiero con esto a que los ciudadanos solo hemos participado eligiendo, e inclusive a veces ni siquiera en esta lógica de las promesas electorales se hace en la inversión pública. En las lógicas del desarrollo, el neoliberalismo como filosofía plantea acabar con el Estado y da intromisión a un número de poder en los tecnócratas, en planeación y conlleva a unos instrumentos de poder que son los contratos. Tenemos en Bogotá un plan de desarrollo que es un instrumento de política pública por cuatro años, un plan de ordenamiento territorial de diez años y unos planes maestros de inversión de veinte años. La ciudadanía elige para un plan de desarrollo de cuatro años, y cuando se instaura, se crea una maraña de contratos, la privatización de la política pública de veinte años de duración. O sea que decimos misa cuando elegimos, esa es la democracia colombiana, porque nos sustrajeron la decisión profunda de la orientación del desarrollo bajo una idea civilizatoria.

Ese modelo de gestión pública está asociado a un modelo de ciudad para la competitividad, la exportación, para el aprovechamiento del mercado interno y acumulación de capital y no para el bienestar de los habitantes. El modelo está diseñado para un crecimiento de la riqueza y de PIB que a cambio genera escombros, basura y además conlleva a cementar los suelos y destruir completamente los ecosistemas, pues es una lógica altamente urbanizadora del campo. Los instrumentos de planeación a estas normas del campo son instrumentos de desarrollo urbano. En la ley 388, que inspiró a los POTs de todos los municipios de Colombia el modelo de desarrollo urbano se extrapoló y es un desarrollo rural para la economía. Si a eso le sumamos el modelo de desarrollo nacional que es un modelo exportador y reclimatizador de la economía, nos encontramos frente a un crimen, no solo ecológico ambiental, un crimen histórico y social, en un país con la megabiodiversidad que tiene Colombia, que como lo ha enseñado el profesor Julio Carrizosa es tan complejo y tan rica, como frágil en términos de la responsabilidad de procurar que la naturaleza no se afecten en sus sistemas reproductivos, ciclos de las aguas y ecosistemas.

Este modelo reprimarizador comete el crimen no solo de ignorar esa biodiversidad sino de poner una locomotora encima, porque es la metáfora que propone el plan de desarrollo, un modelo de ciudad hilado al modelo de desarrollo conspirando en la construcción histórica que se fundamenta en la soberanía alimentaria y la supervivencia del campesinado que le queda a Colombia. Hay unos nichos muy concretos, Boyacá, Cundinamarca, unas zonas de Nariño, Tolima, unas pocas zonas de la Costa. Se acabó el campesinado y este plan de paz que estamos viviendo es una de las esperanzas que tenemos, no porque de ahí vengan las grandes soluciones, sino porque es un factor de apertura en la implementación en el desarrollo agrario.

Los urbanos tenemos la responsabilidad de complementar esas perspectivas de paz con propuestas de apertura para el campesinado y escenarios en la ciudad. El gobierno de Santos está hablando de una reforma agraria y se puso de acuerdo rápido con las FARC, pero a la vez está vendiendo los Corabastos y plazas de mercado, a donde van a llegar ese campesinado que supongamos, ojalá, vuelva a producir alimentos, quedará en manos de las grandes superficies. Están acabando con los tenderos, las plazas, queriendo aniquilar los sistemas populares, que son tan urbanos como campesinos. Bogotá Humana en su plan de desarrollo se propone transformar el modelo de ciudad y el modelo de desarrollo, marcándole a Colombia una impronta desde la magnitud de esta región-ciudad, enunciando que si desde aquí se recupera la economía popular, se recomponen las articulaciones con el campesinado, se genera una lógica de desarrollo urbano, recuperamos elementos de sostenibilidad, podremos marcar nacionalmente unos hitos de transformación. Hay unos sectores, grupos económicos que en el sentido literal, venden a la mamá a causa del cortoplacismo, de la acumulación y los negocios, al que impusieron por muchos años la lógica del “todo vale”, “me alío con quien sea para hacer más plata”, del cinismo. El bufet de abogados “neoyorquinos” Brigard y Urrutia de Bogotá, robando tierras en el Vichada. Pensamos que eran los narcos y los mafiosos de Antioquia, no, en Bogotá unas personas se encuentran craneando como robar el país, por eso esta nación se deslegitimó mundialmente por el desfogo y robo de tierra.

Cambiar esos modelos supone entonces una lucha política en la que estamos. Hay quien dice que al gobierno de Bogotá le quedan dos meses, no soy defensor a Petro. Estoy en el gobierno convencido por unas ideas que están en el plan de desarrollo y que ayudé a construir durante estos últimos diez años. Porque hemos luchado varios por esas ideas y en un romance de pasión, proponemos mirar la economía popular, reconocer las economías campesinas. El eje es no más depredación, que esta ciudad haga cosas para adaptar las críticas al desarrollo, al cambio climático, que garanticemos los ciclos del agua. Esa deformación mediática de los grupos económicos que ya compraron los periódicos, como El Tiempo, y dicen que Bogotá no le quiere vender agua a los municipios de la sabana, cuando el debate de la venta de agua en bloque es lo contrario, los acueductos cercanos a Bogotá la idea es que tengan agua en sus cascos urbanos.

En las zonas rurales de estos municipios hay leyes nacionales que tiene que abrevar el agua con lógicas rurales y piden a Bogotá se les lleve el agua en bloque y en muchos casos ni siquiera para los núcleos urbanos, sino para los urbanizadores de las zonas rurales de estos municipios que están cementando la sabana. Cuando en la sabana hay suelos orgánicos de ocho metros de grosor, ¿Dónde en otras partes del mundo encontramos estas capas vegetales? y quieren poner cemento, no es dejar de entregarles agua a los municipios, sino a los urbanizadores piratas que no pueden seguir atacando ambientalmente, así tengan todos los estipendios legales.

¿Qué hace una de las mejores universidades de la ciudad construida en las rondas del río Bogotá?, tuvieron que traer unos holandeses para construir unos diques para que el adefesio de ocupación de la Sabana no se inundara más y se debilitara, echaron para abajo la dinámica del rio, porque están en la parte norte y el río viene hacia el sur, para abajo. ¿Qué quiere decir? Lo desviaron a los barrios de ese 87% de la población del borde humano occidental de Bogotá que es la zona popular y ese es el tipo de desarrollo que nos quieren plantear.

Por eso no más privatización. Debemos defender lo público, recomponer los espacios íntimos, los bienes de uso común, recomponer esa noción de pacto social basado en unos bienes básicos y unas responsabilidades en el tema de la sostenibilidad. Hoy la tuerca que más aprieta al campesinado es la minería y tenemos un debate abierto, el gobierno anterior y este, están feriando el campo, el ciclo del agua y todos los factores que históricamente se han construido, lo están tirando por la borda por una ilusoria idea de divisas que le llegan al país y así entregamos a la minería inclusive los páramos. ¿Hasta dónde llega el páramo nos preguntamos a sesenta años de construcción de pensamiento ambiental en Colombia? El tema de la minería es otra forma de violencia, otra forma de desarrollo que expulsa el campesinado colombiano y debemos tocar las alarmas, tenemos elementos de seguridad y soberanía alimentaria, pero estas condiciones se encuentran en riesgo y podremos en unos años decir que matamos a la gallina que daba huevos de oro.

Publicado en Agosto 20 de 2013| Compartir
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