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Conflictos ambientales del Casanare

Oscar Armando Peña Gama, Colombia, Julio 31 de 2014, Este artículo ha sido consultado 4683 veces

En el pasado mes de abril, la opinión pública centró su atención en el Casanare ante la denuncia de los habitantes de las veredas Caño Chiquito, Normandía y Centro Gaitán frente a la impresionante mortandad de fauna local por falta de agua. Una situación bastante preocupante para un ecosistema que según la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, de verse transformado sus regímenes de inundación en los planos aluviales, “tendría un efecto enorme sobre la biodiversidad” (Ideam, Ministerio del Medio Ambiente, 2001).

Los ecosistemas presentes en el municipio de Paz de Ariporo hacen parte de la subregión inundable de la orinoquía colombiana: Destacados por tener un alto valor de conservacióna nivel tanto departamental como de la cuenca del Orinoco. La noticia de cientos, miles de chigüiros muertos, dejó la sensación que esta situación era un caso exclusivo de tres veredas del suroccidente del municipio de Paz de Ariporo y que con la llegada del invierno, el problema dejaría de existir.

Las diferentes instituciones especializadas trataron de explicar el fenómeno desde distintas visiones: cambio climático, falta de previsión de las administraciones municipales y del departamento, alta población bovina que soporta la región, creciente agroindustria, progresivo aumento de industria petrolera, pero sin embargo, no se realizó el suficiente esfuerzo por explicarle a la gente del común, de la región y del país, qué sucedió, o mejor, que está sucediendo en el Casanare.

El desarrollo económico de esta región del país surgió a partir de 1661 cuando se establece en los llanos colombianos la Compañía de Jesús, con la fundación de San Salvador del Puerto de Casanare. La cadena de fundaciones de los sacerdotes finalizó con su expulsión en 1.767 (Fajardo Montaña, Fondo FEN, & Urbina, 1998), pero enciento seis años dejaron instalados grandes hatos ganaderos, como Caribabare, entre Arauca y Casanare, con una extensión aproximada de 220.000 hectáreas y más de diez mil cabezas de ganado contabilizadas al momento de la salida de los Jesuitas (Gómez, 1991).En el siglo XIX la actividad ganadera fue constituyéndose en el principal sector de la economía durante este siglo (Sourdis Nájera, 2012). Esta actividad económica se abrió paso a sangre y fuego entre comunidades de “guajibos”, indígenas vistos como obstáculo al establecimiento de la ganadería en los llanos, por lo cual eran corrientes las cacerías de indios (guajibiadas). El prevalecimiento de la ganaderíadio paso a la cultura llanera, que ocupó a indios “civilizados”, colonizadores provenientes de los departamentos circunvecinosy gentes de otras partes del país que llegaban allí huyendo por lo general de la violencia. 

Según la encuesta nacional agropecuaria, para el 2012 se estimó un total de 1.758.806 cabezas de ganadoen el departamento del Casanare, el 8,6% del total nacional, (DANE, 2012).En la primera década del siglo XXI, se reportaban 32.000 ganaderos en19 municipios y una población bovina de 1.532.700 (ICA, 2010). En 1989 se estimaban tres millones de cabezas de ganado, para 1994 se redujo a la mitad, debido a los bajos precios de comercialización (González del Rio & Villalobos, 1996).Se estima que el ganado es el responsable del 18% de las emisiones de gases (metano y nitrógeno) que producen efecto de invernadero y ocupa el 30% de la superficie total del planeta.

La FAO afirma que “...el ganado es uno de los principales responsables de los graves problemas medioambientales actuales, y deben buscarse medidas urgentes para hacer frente a esta situación” y propone buscar nuevas tecnologías de producción sostenible mediante la integración de la ganadería a una producción agrícola intensiva. La presencia de ganado en grandes extensiones y la demanda de cultivos forrajeros contribuyen a la pérdida de la biodiversidad. Por otra parte, la ganadería tiene una alta cuota en las causas de contaminación del agua, generadas por los restos de animales, antibióticos, hormonas, fertilizantes y plaguicidas (Chavarrías, 2007).

Es innegable el impacto que ha causado la ganadería en la vida autóctona de la orinoquia, tanto en la vida humana como en misma naturaleza. Este debe ser un elemento, pero no el único, de análisis obligado para entender el problema de sequía en el Casanare, por los efectos directos que aporta la ganadería al cambio climático y a los ecosistemas de la región.

 

El llano en llamas

Para este análisis también habrá que tomar en cuenta el impacto de las quemas que cada año y desde tiempos inmemorables se presentan en la temporada de verano. Impresiona ver la magnitud de tal práctica, indiscriminada entre indígenas y llaneros. Ni unos, ni otros dan explicación real sobre las razones que existen para prender un fosforo a un pajonal, y suponen que es la única manera de liberar nutrientes en estas infértiles tierras.Con ello esperan que reverdezca el pasto para el ganado y/o cultivos, a los que añaden boñiga de los corrales. Rodrigo Botero, expone la magnitud de esta práctica: “desde diciembre de 2013 y hasta la fecha de hoy (marzo de 2014), se han presentado más de 580 incendios en el municipio, afectando un área de más de veinte mil hectáreas”. Ineludiblemente debemos preguntarnos ¿Cómo ha influido las quemas producidas, y las espontáneas que también las hay, en el ciclo del agua de esta subregión de la orinoquía inundable? y darle el peso merecido para explicar la situación que hoy tiene sin agua esta parte del Casanare.

 

Acaparamiento de tierras

La “nueva” modalidad de establecimiento de inmensas extensiones de cultivos industriales, desde ya hace años existe en la Orinoquia y no se escapa la subregión inundable. Inicialmente los grupos ilegales abrieron trocha en terrenos olvidados por el Estado, en donde la propiedad no necesitaba ser certificada jurídicamente, porque existen pactos (ley del llano) entre vecinos y vivientes.Sin embargo, la falta de títulos de propiedad fue aprovechada por muchos foráneos “sabedores” de la ley, que se dedicaron a pescar en río revuelto y lograron que unos llaneros asediados y siempre olvidados, perdieran sus tierras y pasaran a manos de nuevos “legítimos dueños”, impulsores de la industria agropecuaria. 

Según El Tiempo “Supernotariado dice que ha entregado 102.000 hectáreas, en Meta y Casanare, que incluyen predios de la nación”, quienes pretenden el título de propiedad aducen haber comprado la posesión, plantando arroz y defendido el terreno de la perturbación de terceros. En Monterrey, San Luis, Pore, Hato Corozal y Orocué fueron entregadas 76.697 hectáreas a personas y asociaciones agropecuarias, mediante procesos fraudulentos. Y en Paz de Ariporo se han reportado seis demandas en las que particulares reclaman como suyas 3.500 hectáreas adicionales (Unidad Investigativa, 2014).

Actualmente el arroz es el principal cultivo del departamento, con el 78% del total de la producción agrícola, con dos variedades: el secano,con una intensiva mano de obra, corresponde al 42% de la producción, el restante 36% obedece a la producción de riego, con uso intensivo de agua, fertilizantes, insumos especiales y modernos equipos de siembra y de cosecha (Gobernación de Casanare, 2014). Por su parte, los cultivos de palma de aceite aparecen en el departamento de Casanare hacia el año 1998, y actualmente ocupan cerca de doce mil hectáreas en los municipios de Villa Nueva (92% de la producción en 1999), Aguazul, Yopal y Tauramena, (Camara de Comercio de Casanare, 2014).

El Instituto de Ciencia Naturales de la Universidad Nacional de Colombia hace referencia a los graves efectos de la palma de aceite sobre los ecos
istemas: por los monocultivos, desaparecen los morichales, encargados de tomar el agua, utilizar una parte para sus procesos fisiológicos y devolver la otra porción a la atmósfera, renovando de esta manera la cantidad de vapor de agua del ciclo hidrobiológico.“El uso de las aguas en la agricultura de riego reduce los caudales de los ríos, lagos, lagunas y ciénagas, al punto de causar su desaparición en la temporada seca…la desaparición de los morichales tendría un impacto muy fuerte sobre el clima de toda la macro-unidad geográfica” (Fernandez, 2013).Los megacultivos, ahora en tierras ya legales y respaldados por el “músculo” internacional, necesitan del agua.¿A ciencia cierta los organismos de control ambiental del Estado reconocen los impactos de estas actividades sobre los recursos naturales? ¿Se está entendiendo el impacto ambiental que la actividad agrícola y ganadera está generando sobre esta subregión definida por el recurso agua?.

 

Petróleo y agua

Es complejo establecer el tamaño del impacto que está generando esta práctica en la zona, pero sabemos que el agua es un recurso que cumple un papel fundamental en la producción de petróleo. En Casanare, desde los sesenta se iniciaron las exploraciones en los pozos Unete, Tauramena, Buenavista y el Morro, aunque sin resultados positivos para las empresas. En los setenta se hicieron exploraciones, también sin resultados, en doce pozos. Fuehasta una década más tarde que se firman catorce contratos de exploración que involucran más de seis mil kilómetros de sísmica y veintidos pozos perforados. El avance petrolero ha crecido de tal manera, quepara el primer semestre de 2013, Casanare se ubicó en el segundo lugar del país en producción petrolera con 171.898 barriles diarios (Banco de la República, 2013).

En la historia departamental jamás se había visto semejante magnitud de actividad petrolera.En los llanos orientales, en promedio, por cada barril de petróleo se utilizanseis barriles de agua (Vanegas, 2012), extrapolando esta cifra a la producción petrolera del Casanare encontramos que diariamente se requieren 163.506.240 litros de agua. Con estas cifras, es evidente la necesidad de profundizar sobre el impacto que sufre el ciclo del agua y sus repercusiones sobre los ecosistemas de sabana inundable del Casanare. 

Tanto lugareños, como conocedores del tema debaten entre la relación directa de la exploración y explotación petrolera como responsable de la escasez de agua en el Casanare; y en esto hay dos factores que nos permiten abordar con seriedad el análisis de la situación.Por una parte, actualmente la exploración sísmica no requiere de licencia ambiental, salvo que sea necesaria la construcción de vías para tránsito o que las actividades se realicen en áreas marinas del territorio nacional, en profundidades inferiores a doscientos metros (Artículo 7 del Decreto 2820 de 2010). Esto hace que en la práctica se obvie cualquier análisis de impactos y, por lo tanto, que no existan organismos del Estado encargados de estudiar y hacer seguimiento a los efectos de la actividad sísmica en el país. Por otra parte, como lo anuncia la directora del Instituto Von Humboldt, Brigitte Baptiste, en Colombia no existe información sobre el comportamiento subterráneo del agua, que permita comprobar la hipótesis que la sísmica profundiza el agua: el suelo se cimbra, el agua se va por las grietas.

La creciente actividad petrolera en Casanare implica también entender y prever los impactos que puedan generarsepor la concentraciónde actividades espacialmente.Tal como lo expresa el biólogo Rodrigo Botero: “debe advertirse la generación de un fenómeno que se denomina efecto acumulativo y sinérgico sobre el ecosistema, cuyo devastador efecto es el colapso total”.

En Casanare desarrollan actividades las petroleras Pacific Rubiales, Geo Park, Cecolsa, Petrominerales, Ecopetrol, New Granad y Parex. Es lógico que los impactos acumulados por la alta densidad de actividad petrolera generen efectos de mayores magnitudes a una simple sumatoria de impactos y, por ende, diferentes a los que se puedan ver en cada proyecto estudiado por separado y aislado del contexto de subregión. Es cierto que las petroleras deben cumplir una serie de estudios de identificación de impactos para que puedan acceder a la licencia de explotación, como requisito para iniciar sus actividades, y que existen protocolos internacionales y leyes en Colombia que regulan y hacen obligatorios los procedimientos para la identificación de los impactos y definir acciones para atenderlos, según su naturaleza y magnitud. Sin embargo, estos estudios ambientales no están teniendo en cuenta aspectos como los impactos sobre el ciclo integral del agua de la actividad petrolerapara la subregión de la orinoquia inundable. (Vanegas, 2012).

Si los estudios de impacto ambiental se exigen por separado para cada proyecto petrolero que solicita una licencia ambiental, se desconoce que exista algún estamento y/o procedimientos técnicos reglamentados que adelanten el análisis de impactos ambientales, sociales, culturales acumulados para el nivel regional, específicamente de la subregión de la orinoquia inundable. Así las cosas, mientras el Estado colombiano decida invertir en cubrir estos vacíos de información, sería fundamental recuperar la obligatoriedad de licencias ambientales para actividades de sísmica, organizar un sistema interinstitucional de análisis y seguimiento de los impactos regionales generados por la industria petrolera en las sabanas inundables de la orinoquía colombiana, así como generar debates públicos en las zonas de influencia petrolera para que las comunidades se informen y participen en la búsqueda de soluciones efectivas para los problemas de agua y demás impactos generados por la industria petrolera, desde una mirada regional.

 

Los retos

El Casanare posee tal riqueza natural que ciertos sectoresde ambientalistas y conservacionistas se han pronunciado buscando asegurar la permanencia de los recursos naturales. La Unidad Especial del Sistema de Parques Nacionales Naturales de Colombia (UAESPNN), ha realizado acciones desde hace años en procura de avanzar en la declaración de un área protegida para la conservación de la naturaleza, el Instituto Humboldt ha documentado las especiales características y función de estos ecosistemas para lograr una orinoquia sostenible, la WWF ha realizado un par de trabajos identificando los recursos existentes en esta subregión como de alta importancia para su conservación en los planos departamental y estratégicos para la macroregión de la orinoquia colombo-venezolana, estas son solo unas referencias que muestran que a pesar de la historia de ocupación de esta zona, aquí está pasando algo fuera de lo normal con el agua y que lo que está en juego es la permanencia de una serie de ecosistemas.

Por su parte, en Casanare hay un creciente interés de la población por la conservación de la biodiversidad: numerosos dueños de fincas han avanzado en la declaración del total o parte de sus propiedades en reservas privadas de la sociedad civil: La Esperanza 1 y 2, La Gloria y Nicaragua en el municipio de Paz de Ariporo; Las Delicias, en San Luis de Palenque; La Palmita, en Trinidad; Canta Claro, Agua Verde y La Florida, en Hato Corozal. Adicionalmente, las comunidades indígenas del Resguardo Caño Mochuelo y la Asociación de Juntas de Acción Comunal de Corralito (Hato Corozal), están en acercamientos para unificar acciones que lleven a la conservación de los recursos naturales de importancia para la subsistencia de la población local.

A quienes hacen estos esfuerzos institucionales y de grupos sociales son los que más les preocupa las respuestas que se han dado sobre la sequía en el Casanare. Bruce Mac Master, presidente de la Andi, afirma “que no llueva no es culpa de las petroleras”, (W Radio). La ministra de Ambiente, Luz Helena Sarmiento declaró que no existió ninguna tragedia, quesolo murieron seis mil de un millón de chigüiros.Mientras que Brigitte Baptiste, expone “ese es un llano anfibio que durante seis a ocho meses del año, dependiendo del relieve, permanece como un gran pantano. Es en ese gran caudal de agua donde se mueven los animales. A partir de noviembre deja de llover para dar entrada a la época seca en la que todo lo que hay se muere o tiene adaptaciones biológicas hasta la siguiente estación”. De si la sísmica está bajando la capacidad de retención del agua en el suelo, Baptistesostiene que “es una buena hipótesis científica. Es imprescindible hacer los estudios para saber si la sísmica tiene un impacto negativoporque uno de los grandes vacíos de conocimiento está en el comportamiento subterráneo del agua. A eso hay que gastarle mucha plata. Son estudios extremadamente costosos, pero se trata del agua y es urgente hacerlos”.

Es absoluta verdad la falta de estudios como también que los hombres llaneros,que conocen de la naturaleza y de las dinámicas de las sabanas inundables del Casanare, cuando vieron lo que estaba sucediendo dieron su voz de alertasobre una situación sin antecedentes. Situación que seintuye como una manifestación del desarrollo que se está imponiendo en el departamento y la región orinoquense, y que se va volviendo familiar para los pobladores, el ver cómo sus fincas paulatinamente se están quedando sin agua, sobre todo en sitios cercanos a los proyectos petroleros.

 

¿Desarrollo sostenible?

Con una productividad de cinco toneladas de aceite por hectárea, el departamento llega a aportar el 78% de la producción nacional.Para el tema ambiental se plantea que el problema que más aqueja a los palmicultores está relacionado con la armonía que debe preservar el cultivo con el medio ambiente, para lo que se propone, el manejo integrado del cultivo (producción limpia del cultivo) es difuso. Para el cultivo de arroz, la Agenda no propone metas, pero si deja claro que debe continuar ocupando un espacio importante en la economía departamental. En conclusión, las proyecciones de desarrollo económico para el Casanare proponen ampliación de la frontera agrícola y ganadera, a espaldas de la realidad.

Sin embargo, estas proyecciones se verán afectadas notablemente si el recurso agua sigue disminuyendo, sin estudios serios sobre lo sucedido en el pasado verano. Para ello habrá que invertir importantes sumas de dinero, como lo sugiere el Instituto von Humboldt, destinadas a la investigación de los sistemas naturales y las dinámicas del agua subterránea.De igual manera habrá que generar voluntad política para revivir la aplicación de licencias ambientales para los proyectos de exploración petrolera yfortalecer las entidades estatales en el cumplimiento de sus funciones de control,en la aplicación de las licencias ambientales.Resulta necesario definir estrategias interinstitucionales para abordar los impactos ambientales y socioculturales para la llanura aluvial, pero sobre todo, es importante mantener informada a la población casanareña y al país en general, sobre la manera como se aborde el estudio de alternativas al problema de la sequedad en la llanura inundable del departamento.Sin duda, promover, fortalecer y apoyar las iniciativas locales de conservación de recursos naturales. ¿Será posible revisar el modelo de desarrollo, no para vetar actividades económicas, sino para hacerlas más eficientes ambiental y socialmente? Ese es el reto.

 

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Publicado en Julio 31 de 2014| Compartir
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