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Experiencias Locales

Manejo de agroecosistemas en las condiciones secas del Sur del Tolima

Fernando Castrillón, Colombia, Enero 06 de 2015, Este artículo ha sido consultado 580 veces

El territorio indígena del Sur del Tolima, ubicado entre el desierto de la Tatacoa, el Río Saldaña y entre las estribaciones de la cordillera central y oriental, en el llamado Alto Magdalena; sufre un acelerado deterioro de las fuentes de agua, de los suelos, la biodiversidad, de los medios de vida de las comunidades y en consecuencia muchas familias abandonan o venden sus tierras ante la crisis social y alimentaria que se vive, llevando incluso a la población joven a ocuparse de oficios de baja remuneración en Bogotá, Ibagué o Neiva. El agua disminuye cada vez más y muchos animales y cultivos se pierden en cada sequía en cantidades dramáticas. Y en ese escenario empieza a resultar común, escuchar que esto es debido al cambio climático.

Sin embargo, para las comunidades locales resulta claro entender dos situaciones que determinan esta condición actual del clima y del paisaje semidesértico que empieza a conformarse allí. La primera tiene que ver con los impactos de las prácticas combinadas de mal uso de los suelos, del agua y de la biodiversidad al sustituir sistemas tradicionales adaptados al clima muy seco por monocultivos que arrasaron los bosques de galería, guaduales, frutales y forestales establecidos años atrás por las comunidades indígenas. Una vez el algodón fracasó en la década del setenta y ochenta, se dio paso al sorgo, luego al arroz, al maíz y a la ganadería extensiva. Estas formas de producción basadas en el uso de agroquímicos, la eliminación de coberturas, el endeudamiento elevado y a corto plazo, en el arriendo de tierras; generaron un proceso acumulativo de daño en los ecosistemas y de transformaciones forzadas en la vida de las comunidades.

La segunda situación es la relacionada con el desarrollo de un escenario crítico de variabilidad y cambio climático. Según la II Comunicación de Cambio Climático para Colombia, se prevé un aumento de 1.4 grados centígrados y una reducción de 30% en las lluvias para esta región de Colombia. Eso tendrá graves repercusiones en las prácticas actuales de producción y también en los sistemas tradicionales puesto que varios cultivos no tendrán los períodos necesarios de lluvia para producir semillas y se alterarán a la vez los ciclos de floración y cosecha de los árboles.

Sin embargo con todo esto, preocupa la falta de planes, estrategias y acciones desde las autoridades civiles y ambientales, para enfrentar estos problemas, lo cual unido al desinterés por las iniciativas que emprenden las comunidades locales y la promoción de una agenda minera desde el Estado central, afecta mucho más la difícil situación existente. La tensión actual por la entrega de títulos mineros tiene que ver con la existencia misma de los territorios habitados por comunidades locales. Los acueductos veredales, el acueducto de Natagaima y los nacimientos de las pocas quebradas se ven afectados directamente y con ello, los medios de vida de las comunidades.

Conviene también mencionar que en esta zona se construye por parte del estado colombiano, el distrito de riego a gran escala Triángulo del Tolima, sobre treinta y cuatro mil hectáreas. Aunque pareciera ser una solución, se enfrenta un riesgo adicional en la medida que las comunidades y las autoridades indígenas miran con desconfianza las propuestas del Ministerio de Agricultura, quien insiste en promover el monocultivo, la siembra de maíz, sorgo, arroz y algodón transgénicos, los monocultivos de frutas y eucaliptos y el uso intensivo del agua y de los agroquímicos.

Un costo adicional con el distrito es el relacionado con el acceso al agua. Por razones de despojo acumulado de las mejores tierras de los resguardos indígenas, el agua no llegará fácilmente a las comunidades puesto que al ser un territorio de colinas y valles, se requiere de energía e infraestructura adicional para conducir el agua a las partes más altas (colinas), donde habitan la mayoría de las comunidades indígenas. De las treinta y cuatro mil hectáreas, se estima que veinte mil hectáreas tendrían acceso al riego. El 40% restante que corresponde en gran parte a las tierras de las comunidades indígenas, estaría privado del acceso al preciado líquido.

En un escenario realmente complejo y con elevada presión e intervención estatal, de las empresas de semillas y agroquímicos y de las demandas selectivas del mercado; se encuentran diferentes alternativas de producción y manejo de los agroecosistemas por parte de las comunidades.

Los casos de Pablo Manios, Armando Vega y Claudina Loaiza, “pequeños productores” del Sur del Tolima, son un ejemplo. Los tres tienen en común que son mayores de edad y toda su vida se han criado en el campo. Además existe un lazo ancestral que comparten y es pertenecer e identificarse con los pijao, el último bastión de indígenas que se enfrentó a los conquistadores españoles y que dejaron un legado que aún sobrevive en las tierras cálidas y secas de los llanos de Coyaima y Natagaima.

En parcelas pequeñas, que estos “grandes humanos” construyen día a día, han logrado integrar árboles, semillas y razas criollas; han basado sus prácticas en las técnicas de consumo de alimentos, manejo del agua y de relaciones con sus vecinos heredadas de sus mayores, configurándose en salvaguardas del territorio y en una real propuesta frente al cambio climático, el monocultivo, los transgénicos y los paquetes de ayudas y de asistencia técnica convencional orientados por el Estado colombiano, que ellos valientemente han rehusado en varias oportunidades.

 

Los aprendizajes que proporcionan los agricultores tradicionales del Sur del Tolima

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Pablo Manios.

 

Pablo Manios y un grupo de cinco familias de Tamirco y Pocharco en Natagaima (Tolima); han promovido con los recursos locales de sus parcelas, la mejor fuente de alimentos para las gallinas criollas que han recuperado con otras comunidades de la zona. Están produciendo pies de cría de más de veinte razas locales de gallinas resistentes a las condiciones semidesérticas de esta región colombiana, en un proceso que involucra tecnologías adaptativas ancestrales en la que debieron enriquecer sus parcelas con especies vegetales también resistentes y aclimatar a las aves para responder a las duras condiciones de escasez de agua.

En un sistema agroforestal de hasta cinco y seis estratos en donde se combinan las palmas de vino (Attalea butyracea), el espavé (Anacardium excelsum) los árboles de totumo (Crescentia cujete), los guayabos (Psidium guajaba), la caña, el maíz, la yuca, los pastos y leguminosas como el iguá (Pseudosamanea guachapele), la leucaena (Leucaena leucocephala), el matarratón (Gliricidia sepium); estas familias han podido soportar las frecuentes sequías que se presentan con mayor frecuencia en el valle del Alto Magdalena. Recientemente, esta zona alcanzó los seis meses de verano, y aún contra esta inclemencia climática esta parcela logró producir maíz y plátano a partir del manejo de coberturas, asocios con árboles y uso de las semillas locales. Además, con el alimento obtenido en la finca, elevaron la producción de gallinas criollas.

Es tan sorprendente el beneficio obtenido con la producción de gallinas, que Pablo Manios hoy redobla esfuerzos para compartir con sus vecinos sus aprendizajes y han provisto de pies de cría varias zonas del país. Son cada vez más los interesados en participar de este proceso basado en la metodología de campesino a campesino y de acción participativa, que ha generado como resultado un núcleo de aprendizajes que beneficia a toda la comunidad.

No muy lejos de allí, en la comunidad de Yacó Molana, cerca al pie del cerro del emblemático cerro de Pacandé, se encuentra otro proceso de gran importancia que lidera Armando Vega. Durante años, en medio de la zona árida, Armando ha concebido y mantenido un oasis que sorprende desde lejos y llama la atención por su exuberancia en medio del árido y desolado paisaje.

Su parcela está rodeada de árboles de mangos, tamarindos, iguá (Pseudosamanea guachapele), anones (Annona sp), matarratón (Gliricidia sepium), guásimo (Guazuma ulmifolia) mandarinos, y limones, entre otros. Durante años, aquí se han sembrado los maíces tradicionales como el clavo y el guacamayo, el plátano cachaco, la ahuyama (calabaza) y los diversos fríjoles de la región, entre ellos el de ordeño que se recoge a lo largo del año.

Entre las técnicas utilizadas para el uso eficiente de energía, Armando nos cuenta: “ El maíz y el cachaco aceptan crecer debajo de los árboles de iguá, el cual es una especie que produce grandes cantidades de diminutas hojas que permiten pasar el sol sin afectar los cultivos y que fertiliza permanentemente el suelo. Así y sin eliminar la cobertura del suelo, ubico las especies alimenticias”. Pero además, del iguá, el matarratón, el mango, el guásimo y el ciruelo; entre otras especies, saca parte del alimento para las vacas. “En las fincas aledañas”, comenta Armando “las vacas se mueren de inanición y sed”. Igualmente produce huevos de gallinas criollas y fríjoles para el mercado local de cada semana en Natagaima.

 

img_7449_1.jpg Claudina Loaiza

 

En el vecino municipio de Coyaima, Claudina Loaiza está liderando un cambio en el paisaje del seco territorio de Chenche Agua Fría. Los potreros degradados por la ganadería extensiva fueron reconvertidos en un período de diez a doce años en huertas enriquecidas con yuca, maíces tradicionales, plátano cachaco, hortalizas, árboles de iguá, guásimo, nim, chiminango o payandé (Pithecellobium dulce), anones, limones, mandarinos, naranjos, mamoncillos, mangos, ciruelos. En un trabajo titánico, las mujeres organizadas en Manos de Mujer, lograron restablecer la base de las semillas nativas de maíz, yuca, fríjol y adaptar una gran cantidad de hortalizas de clima frio y medio a este difícil hábitat. Las capas de hojarasca logran controlar por mayor tiempo la escasa agua y sus espacios de vida y en consecuencia estas viviendas y huertos, tienen mejor confort térmico. Han logrado que la temperatura sea de cuatro grados por debajo, con respecto a la temperatura que se registra en los campos abiertos.

Claudina muestra con orgullo como ha logrado “enfriar” un poco el territorio con otras 57 mujeres a partir de las huertas adaptativas de semillas y árboles frutales y leguminosos. Estas mujeres están formando un corredor en las comunidades de Balsillas, Floral, Amayarco, Guaguarco, Lomas de Ilarco, Chenche Agua Fría e Ilarquito (Resguardos indígenas de Coyaima) en el que además han emprendido una recuperación de saberes asociados a la culinaria y las semillas locales. Para Claudina, experta en la elaboración de una nutritiva bebida ancestral de los indígenas pijao llamada la chicha, nos cometa que “sin el maíz tradicional no es posible hacer la chicha” pero a la vez “la chicha sustenta el maíz”. Y para sembrar el maíz es necesario asociarlo al fríjol y al iguá. Este ciclo, muestra la importancia de los saberes articulados a la cultura, que hacen posible enfrentar la disminución de las lluvias y el aumento de las temperaturas, tal como ha venido sucediendo en los últimos años, en la cuenca media y baja del río Saldaña y de las quebradas Chenche, Ilarco y Guaguarco que bañan buena parte de este territorio.

Estas tres experiencias tienen impacto visible en este territorio y están demostrando que es necesario replantear el modelo de desarrollo y producción para esta región, al igual que los planes ambientales, los planes de desarrollo de los municipios, los análisis de riesgo y los demás elementos de política pública, para que las comunidades permanezcan en condiciones dignas y desarrollando propuestas productivas a largo plazo.

En síntesis, el manejo local de los agroecosistemas basado en el conocimiento tradicional, el uso de la biodiversidad local y la adaptación de tecnologías controladas por las comunidades, tiene como ventajas frente a los sistemas de producción intensivos y de monocultivos, las siguientes características:

1) Permite la acumulación de materia orgánica en el suelo y consiguientemente, del agua.

2) Establece ciclos de producción a corto, mediano y largo plazo. Los árboles que conviven con los cultivos son claves para ello.

3) Integra la producción agrícola, forestal, pecuaria y artesanal, y por lo tanto brinda diferentes opciones económicas para las familias, lo cual a su vez permite superar las condiciones de dependencia y endeudamiento.

4) Restablece los circuitos de solidaridad e intercambio entre las familias.

5) Aporta al restablecimiento, recuperación y rehabilitación ecológica del ecosistema de bosque seco tropical y de nuevos agroecosistemas con funciones, composición y estructuras, que se adapten al cambio climático.

El paisaje duro y seco del Sur del Tolima puede ser revertido a un lugar de vida y tranquilidad para las comunidades que históricamente lo han construido. Ese proceso arranca desde las parcelas y articula corredores como lo vienen haciendo las mujeres de Coyaima; pero requiere de las instituciones públicas y de otros actores para que pueda llegar a convertirse en propuesta que transforme el paisaje. Los conocimientos y los recursos principales están aún, pero se requiere de otras lecturas y de técnicos, políticos, académicos e inversionistas que escuchen y lean las lecciones de los pijao. Se requiere una “lecturaleza” del paisaje a partir de las pequeñas parcelas que indican por donde es el camino. 

 

Publicado en Enero 06 de 2015| Compartir
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