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La fragilidad ambiental del desarrollo en la Orinoquía (1)

Manuel Rodríguez Becerra, Colombia, Febrero 12 de 2015, Este artículo ha sido consultado 359 veces

Los mayores niveles de transformación de la naturaleza, si bien están casi siempre asociados con un mayor bienestar humano, también generan costos a la sociedad, o a las futuras generaciones. El reto de gestión ambiental de los territorios en proceso de transformación es procurar su manejo dentro de los límites del funcionamiento normal de los ecosistemas. Existe en la Orinoquia la oportunidad de dirigir su transformación hacia situaciones que permitan la adaptación de la sociedad ante escenarios de cambio (como el ambiental global). De lo contrario, el crecimiento económico, en escenarios de cambio ambiental global, aumentará la vulnerabilidad de los ecosistemas y el riesgo ambiental para la sociedad. Un desarrollo que sea viable ecológicamente, y que sea ambiental y económicamente sostenible requiere de la construcción de un nuevo concepto de conservación que sirva de soporte del desarrollo. [1] Tomado del libro “La mejor Orinoquia que podemos construir elementos para la sostenibilidad ambiental del desarrollo” Director del proyecto Manuel Rodríguez Becerra – Universidad de los Andes

La vulnerabilidad ambiental de la región se ve exacerbada en escenarios de cambio climático. Para la región de la Orinoquia se prevén incrementos de la temperatura media en las próximas décadas (2050) de cerca de 2,7oC, y disminuciones en la precipitación de entre el 10 y el 20% (Ideam, 2007). También se prevén procesos de desertificación en el bosque basal del Orinoco y en las sabanas arbustivas. Estos riesgos ambientales se exacerban en escenarios de expansión e intensificación de la agricultura; especialmente cuando implican el uso insensivo del agua. En esos casos se producen pérdidas de agua por infiltración o evapotranspiración (la cual es alta en sistemas de arroz inundable)[2].

Los procesos anteriores son especialmente graves en sabanas áridas o semi-áridas. Los sistemas ecológicos (y sociales) se deben ver como sistemas en permanente cambio. El reto es manejarlos lejos de los umbrales de cambio irreversible. Aunque no sabemos cuáles son esos umbrales de cambio irreversible, ningún emprendimiento que implique la conversión en gran escala de los ecosistemas actuales, naturales o seminaturales[3], o la transformación de sistemas socio-ecológicos existentes, debería avanzarse sin consultar un principio de precaución básico: la generación de valor económico y bienestar humano no se debe producir a costa del aumento de la vulnerabilidad de los ecosistemas ante el cambio.

En este sentido, el conocimiento actual básico que se tiene sobre la Orinoquia, puede resultar particularmente insuficiente y, en consecuencia, la transformación productiva de la Orinoquia genera una alta incertidumbre en el sistema socio-ecológico. Resulta entonces imperativa la observación de los cambios y de los emprendimientos de transformación en el nivel local a manera de “experimentos naturales”, y sus efectos acumulativos a nivel regional, para poder establecer con mayor juicio los límites aceptables de cambio. El carácter de sistema socio-ecológico frágil y complejo de la Orinoquia, lleva a la necesidad de una aproximación adaptativa al desarrollo que permita adecuar los deseos de la sociedad a las potencialidades de la región. Esto indica la urgencia de contar con un sistema integral de monitoreo regional ambiental que permita incorporar en el corto plazo en las decisiones las lecciones aprendidas.

La expansión agrícola puede tener impactos en el sistema ecológico regional. Ya son evidentes los problemas de escasez que resultan de la competencia por recursos como el agua. Preocupa lo que puede resultar de la acumulación de impactos y que podría generar cambios inesperados en el ámbito del paisaje. Existe amplia literatura acerca de las “sorpresas ecológicas” que se han producido en fronteras agrícolas en expansión (Gordon et al. 2007).

Los cambios que se infringen en los sistemas hidrológicos pueden tener impactos en el sistema ecológico regional. En consecuencia, en el proceso de transformación productiva regional se debe buscar el equilibrio entre la los objetivos financieros y los de conservación de la diversidad ecológica regional. Resulta entonces necesario conectar el manejo agrícola local (en este caso el ordenamiento de los predios) con la planificación ecológica en las escalas superiores en que ocurren los procesos ambientales clave. El reto regional es la construcción de mosaicos de paisajes agrícolas con alta resiliencia ecológica[4].

La necesidad de generar equilibrios entre el beneficio local privado y el mantenimiento de los servicios de los ecosistemas en escala regional, requiere hacer explícitos los balances y compromisos ambientales en la transformación productiva de la Orinoquia.

 

La conservación como soporte del desarrollo

A pesar del imaginario de enorme riqueza, la evidencia muestra claramente que en la Orinoquia no existen grandes superficies que sean totalmente desprovistas de restricciones ambientales para el desarrollo. Se trata de un territorio ambientalmente frágil con alta vulnerabilidad ecológica. Esto sugiere la necesidad de construir un concepto de conservación (en un sentido amplio) basado en el mantenimiento de la estructura y funcionamiento de sus ecosistemas como soporte de las actividades económicas. En este sentido no es suficiente contar con unas cuantas áreas protegidas convencionales o “estrictas”[5]. Se requiere explorar conceptos de conservación (en el sentido amplio), con mayor incidencia territorial y con mayor flexibilidad para incluir el uso humano y, por qué no, el desarrollo. En este sentido el concepto de “estructura ecológica principal” (van der Hammen, 1998) presenta un alto potencial para la región, así como un concepto amplio y moderno de área protegida con el abanico amplio de categorías de manejo definidos por la Unión Mundial de Conservación de la Naturaleza[6].

En escenarios de cambio ambiental global, algunos de los sistemas de producción o formas de vida humana tradicionales en la región, frecuentemente vistos como atrasados o ineficientes, pueden sin embargo representar sistemas “pre-adaptativos[7]” sobre los cuales se pueda construir una transformación dirigida de la región. En la Orinoquía existe la oportunidad de hacer convivir la biodiversidad natural incluyendo la mayoría de sus atributos, en paisajes manejados.

Este nuevo concepto de desarrollo significa construir sobre lo construido, incluido dentro de esto el legado natural y cultural de la región. En este sentido la conjugación entre los conceptos de estructura ecológica principal, área protegida (en un sentido amplio) y agroecosistemas ecológicamente viables y ciudades sostenibles, permitiría guiar la transformación productiva de la región hacia lo que sería la construcción de mosaicos de “paisajes productivos resilientes”, como base de una gestión de (pre) adaptación de la sociedad al cambio ambiental global, que ya presenta síntomas inequívocos en la región.

 

La estructura ecológica regional

La sola aplicación de los numerosos instrumentos de planificación de la región (POT, EOT, POMCA, etc.), en si misma aunque contribuye, no es suficiente para guiar la transformación productiva de la región. En este sentido, se hace necesaria la coordinación de los determinantes ambientales en torno a un concepto integrador: la estructura ecológica regional (EER). Este concepto permite diferenciar y precisar las acciones de conservación, como determinante ambiental. El primer componente de la EER, se denomina estructura ecológica principal (EEP). La EEP incluye la totalidad del territorio no transformado severamente. Con ella se busca mantener y prevenir el cambio irreversible e indeseable en aquellos ecosistemas que presentan una importancia superior para la sociedad, sea por sus valores intrínsecos de conservación, como por su funcionalidad estratégica para soportar el desarrollo o su papel principal como soporte de la adaptación ante las tensiones del cambio ambiental global.

Se trata de una porción relativamente grande del territorio, que se constituye en una “reserva ambiental” que no debería transformarse severamente. Incluye las áreas protegidas actuales y las que sean necesarias y los espacios requeridos para mantener o recobrar su conectividad, a través de corredores biológicos o de conservación, algunos de los cuales podrían realizarse a través de la integración con una visión regional de los suelos de protección definidos en los planes municipales o de ordenamiento de cuencas. Sin duda, a través de la implementación de categorías de manejo de áreas protegidas que reconozcan el uso humano de los ecosistemas (las ya mencionadas V y VI de la UICN), se podría integrar a la EEP parte del paisaje “tradicional” llanero (sabanas y vegas), como reconocimiento de su aporte al bienestar de la sociedad. Sin duda, parte de las zonas frágiles de cordillera cuyo mejor uso es la protección, podrían integrarse a la EEP a través de procesos de restauración. La EEP puede constituirse en una base de referencia para un acuerdo social, primero en una escala que refleje un visión regional, y más tarde trabajada en escala más detallada. La construcción de una EEP regional puede partir de la interpretación de desarrollos científicos ya realizados, como el mapa que presenta el estudio de Galindo et.al (2007), basado en el criterio de grado de probabilidad de transformación.

 

Infraestructura ecológica

El segundo gran componente de la EER es la infraestructura ecológica (IE). La IE es un instrumento de planificación sub-regional o local, para los espacios mayormente transformados y para aquellos en proceso de transformación 60. Es un concepto útil para aplicar oportunamente principios de eco-urbanismo al desarrollo urbano y crear condiciones de calidad de vida favorables en las ciudades y poblados. La IE corresponde con la idea de, en una escala más detallada, buscar el mantenimiento de la estructura y función de los ecosistemas como soporte al desarrollo productivo. Lo anterior, reconociendo que las zonas más intervenidas no carecen de interés ambiental, y que en ellas puede haber relictos de ecosistemas naturales y áreas que sería necesario restaurar.

La IE también puede guiar la re-construcción (o restauración) ecológica de paisajes productivos sostenibles, como instrumento de integración de determinantes ambientales en escala local, o subregional; y típicamente puede estar constituida por: reservas privadas, corredores biológicos, agroforestería, cercas vivas, y zonas de restauración ecológica.


 

[2] Una transformación inicial en este sentido se hace notar cuando en las sabanas arboladas se presenta una alta mortalidad de árboles.

[3] No solo los bosques naturales ya reconocidos en sus funciones ambientales, sino los mosaicos bosque sabana, las sabanas y los grandes complejos de humedales

[4] La capacidad que tienen los ecosistemas para mantener su estructura y función dentro de límites de funcionamiento normal, en medio de procesos de cambio.

[5] Frecuentemente visto como un espacio en el que solo se permiten los usos indirectos y sin habitación humana, usado tanto para áreas protegidas propiamente dichas como para zonificaciones de uso (en los POT, DMI, planes de transformación de predios, etc.

[6] Se denomina “categoría de manejo” el tipo de gestión de las áreas protegidas según sus objetivos de conservación, actividades permitidas y su régimen de manejo. Para la UICN son seis, que van desde las que solo permiten el uso indirecto (categorías I a III), a las que integran como parte de los objetivos de conservación la relación adecuada de la sociedad y la naturaleza (V y VI).

[7] “Pre-adaptación” es el manejo centrado en procurar que no aumente la vulnerabilidad de los ecosistemas, en el entendimiento que la formulación de medidas de adaptación al cambio climático requieren no solo mayor certeza sobre sus impactos y sino la construcción de acuerdos sociales sobre el mejor uso posible del territorio.

Publicado en Febrero 12 de 2015| Compartir
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