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Contexto

El antiguo, nuevo mercado

Guillermo Castaño, Colombia, Julio 01 de 2004, Este artículo ha sido consultado 6549 veces

“Un proceso de relación entre personas en el que se promueve un encuentro social, cultural y comunitario, fundamentado en la confianza mutua que se establece en un espacio lúdico de la cultura urbana y rural, mediante unas iniciativas de organización desde la base campesina, como asociaciones, corporaciones, acciones comunales, escuelas campesinas de agroecología, comités empresariales, cooperativas, o cualquier tipo de organización que propenda por los fines fundamentales de la agroecología y el desarrollo rural humano sustentable: y desde la base urbana para ofertar a los consumidores, ojalá, organizados alrededor de un alimento sano.

Todo mercado agroecológico debe aplicar bajo unos parámetros ambientales, sociales, culturales, económicos y políticos, mirados desde la sustentabilidad y sostenibilidad deben ser: socialmente justo, ambientalmente sano, económicamente viable, culturalmente aceptable”.

Santa Rosa. 2003. Posición del MAELA Colombia frente al mercado.

 

La producción campesina tradicional y alternativa se fortalece con la propuesta del desarrollo rural humano agroecológico sustentable. Pero muchas veces se encuentra con espacios contrarios en los procesos del mercado. Pareciera que los procesos de producción fueran sus­tentables, pero el mercado fuera insusten­table.

Los espacios del mercado han quedado en manos de los comerciantes convencionales, en donde se trata de volver a los campesinos comerciantes convencionales “ capaces” de competir con los niveles de exigencia del mercado globalizador. Es decir, se es alternativo y se reivindica la “producción para la vida” pero no existe la visión de los “mercados para la vida”. pues la propuesta se limita a “vender limpio” a los “mercados verdes”, se habla y escribe con todo el desparpajo de las “cadenas productivas de la agricultura limpia”. Pues bien, en las líneas iniciales del artículo, está el debate. Es posible generar ese híbrido, o mejor ese “transgénico” de productor agro­eco­lógico alternativo con comer­cializador del mercado convencional.

La producción alternativa, con todos los elementos de las exigencias de la sustentabilidad: recuperación del medio, conservación de la cultura, equidad social, bienestar económico y altos niveles de auto­gestión política; queda convertido, cuando se llega al mercado, en expendedor convencional de “productos limpios” dentro de “mercados o puntos verdes”, sin tener en cuenta el resto de elementos que hacen parte de la producción.

Y es que el mercado debe recoger todo lo demás, debe ser un espacio para revindicar la cultura, para permitir que se recree permanentemente la cultura del grupo campesino que está en él. Es el punto de encuentro, como la feria y el carnaval en las culturas andinas e indígenas, donde se da la expresión de lo que sabemos y de lo que sentimos. Históricamente esa era la primera expresión del mercado. Está claro qué era el mercado para nuestros aztecas, y digo nuestros por que nuestro es el continente. Las cartas del monstruo conquistador Hernán Cortés al imperialista rey de España, narra como era ese mercado, la riqueza cultural del mismo, la riqueza en biodiversidad y la riqueza en expresiones culturales encontradas dentro del mercado mexicano.

 

Alimento

Calcio

Magnesio

Potasio

Sodio

Manganeso

Hierro

Cobre

Lechuga

Biológico

40.5

60

99.7

8.6

60

227

69

Convencional

15.5

14.8

29.1

0

2

0

3

Tomate

Biológico

71

49.3

176.5

12.2

169

516

60

Convencional

16

13.1

53.7

0

1

9

3

Fríjoles

Biológico

96

203.9

257

69.5

117

1585

32

Convencional

47.5

46.9

84

0.8

 

19

5

*Estudio: Retgers University (miliequivalentes de minerales por 100 gramos).
Fuente: Boletín de la Asociación Vida Sana. 2002. Adaptación Jairo Restrepo.

 

Los que han escrito sobre los mercados en el Imperio Incario, narran también acerca de su inmensa diversidad tanto biológica como cultural y social. El mercado ha sido el punto de encuentro de los grupos humanos que han estado en un área espacialmente compartida. Mercados locales con los otros grupos vecinos y mercados de grupos lejanos que forjaban caminos para poder llegar al encuentro; como los caminos de la sal, de la vainilla, del achiote y de la cerámica.

Decenas de kilómetros se recorrían para llegar al mercado y aparejado al producto que se iba a intercambiar se traía noticias, expresiones culturales, juegos, mitos y leyendas. Las crónicas del viaje, cercano o lejano, se compartían en el espacio del mercado, se hablaba de lo que estaba ocurriendo a nivel del grupo humano y lo que ocurría con el medio que rodeaba al grupo, las tempestades, los vientos, la lluvia, las plantas y los animales. Se transmitían los saberes sobre la salud, la comida y la vida cotidiana.

Muchos de esos centros de mercado, se convirtieron en un primer momento en sitios de encuentro espiritual y posteriormente en el centro ceremonial. Ahora también la sociedad de consumo y del desecho, ha convertido a los hiper-mercados en nuevos centros ceremoniales en los que se ofician los rituales de la deshumanización y el consumo.

Los seres humanos que están detrás de la producción y fabricación de las mercancías, se han vuelto invisibles. Solo queda la barra de precios como la única fuente de origen. Sudor y sangre de obreros y campesinos reducido a una barra de líneas negras gruesas o delgadas, con la firma de una multinacional que se adueña del trabajo de los seres humanos para poner a la sociedad a rendirle culto a una marca. En esos monstruosos espacios solo prima y reina el valor de la moneda, lo demás desaparece así  el origen de lo que se compra. No importa los seres humanos que hacen posible la seguridad alimentaria de otros seres humanos; además las personas que hacen posible la comodidad que disfrutan otros, no son tenidos en cuenta, ni su cultura, ni su vida, ni lo que han tenido que conservar y hasta sacrificar para que a las góndolas de los hiper-mercados lleguen los alimentos y las mercancías y para que a la “mesa de los señores llegue el pan”.

Y es que estamos diferenciando a propósito alimentos de mercancías, por que para nosotros y los pueblos del pasado y muchos pueblos actuales, los alimentos son sagrados. No pueden ser una simple mercancía cuyo manejo y control lo tenga la Organización Mundial del Comercio OMC, como ahora se pretende.

El surgimiento de una corriente que considera los alimentos sagrados y que convoca a que en el alimento se vea algo más que un producto de supermercados, cobra cada vez mayores adeptos. Existe la propuesta de conocer el origen de los alimentos que consumimos, pero no sólo el espacio geográfico del municipio o la vereda, sino también cuáles son las manos que laboran la tierra, que producen nuestros alimentos y que también nos garantizan la limpieza de los alimentos de nuestros hijos, de nuestros seres queridos. Queremos saber quienes son los seres humanos que nos permiten consumir alimentos para la vida. Queremos saber de su cultura, de su vida social, de su situación económica y de cómo ellos se preocupan por nuestra casa común, el planeta tierra.

No nos interesa tanto lo bonito que se vean los productos, lo lustrosos de los mismos. Queremos saber cómo no están envenenados, cómo los componentes de los mismos: calcio, magnesio, potasio, manganeso, hierro y cobre, tienen el contenido real como productos orgánicos. Son claras las diferencias entre los alimentos orgánicos y los convencionales de la revolución verde.

 

Verduras biológicas vs. convencionales

De esta forma, cuando compramos productos convencionales, producidos por la revolución verde, nos estamos engañando, no estamos comiendo lo que creemos que estamos comiendo. El hierro que nos aporta una sola lechuga producida orgánicamente, sólo se puede remplazar consumiendo 20 lechugas producidas con químicos convencionales. En mayor grado con el tomate, con 100 gramos de tomate orgánico estamos consumiendo 516 miliequivalentes de hierro, mientras que si consumimos tomate convencional solo estamos consumiendo 9 miliequiva­lentes por cada 100 gramos que ingerimos.

Es así como el producto alimenticio que nos ofrecen en los flamantes hiper-mercados constituyen una estafa, ya que lo que estamos comprando no corresponde a lo que realmente requiere nuestra dieta alimenticia. El consumir productos agrícolas convencionales igualmente es una estafa porque estamos alimentando a nuestras familias y a nosotros mismos, con elementos que no son necesarios o con niveles menores que no corresponden a los que realmente se requieren.

Éticamente el tipo de alimento convencional (revolución verde) no sólo nos afecta por la presencia de agrotóxicos que posee, que envenena nuestros cuerpos y los de nuestra familia, sino que representa un engaño para nuestra dieta alimenticia. Este mercado de productos convencionales es un mercado anti-ético, desde este solo punto de vista.

Además, para lograr los niveles altos de producción, con este modelo de agricultura, se generan cada vez mayores impactos a los suelos, a las aguas, a la misma vida que rodea los sistemas productivos de la revolución verde, así como también a nivel de la pérdida en el manejo de las semillas locales. Consumir este tipo de alimento es ayudar y fomentar muchos impactos negativos sobre el medio ambiente. Son “mercados de muerte” a los que se debe contraponer “los mercados de vida”.

El proceso de monoconsumo, auspiciado por la sociedad de consumo y del desecho, no sólo es un atentado contra la salud de los pueblos, la seguridad y soberanía alimentaria, sino que constituye un atentado contra las culturas locales y el desarrollo endó­geno, ya que en la medida que la dieta alimenticia se reduce, se reduce también la cultura de la producción, la transformación y el consumo de alimentos.

La orientación de las grandes multinacionales, es la de reducir cada vez más la dieta alimenticia de los pueblos e ir construyendo una mesa de alimentos de chatarra. Por el contrario, la propuesta del desarrollo sustentable pretende enriquecer, con mayor diversidad, los procesos de producción, transformación y consumo de alimentos, algunos de los cuales estaban perdidos o a punto de perderse.

Un mercado que lleve a lo homogéneo, a hacer que la mesa tenga cada vez un menor número de alimentos, es un mercado contrario a las dinámicas de la naturaleza y a la misma vida de la humanidad. Nuestra producción es diversa para ser sustentable, nuestro mercado debe ser diverso para tener las mismas categorías de la sustentabilidad. En la medida que el mercado es diverso, se recuperan culturas, relaciones, conocimientos, saberes. El mercado es el punto de encuentro para intercambiar saberes, para encontrarnos en los saberes comunes y asombrarnos con nuevos saberes. Un mercado que niegue este espacio, no es sustentable.

En el mercado se encuentran relaciones no “mone­tarizadas” que contribuyen a acercar a los miembros de nuestra sociedad. El trueque, el intercambio, etc., constituyen elementos centrales en la dinámica de los valores campesinos. Estos elementos que hacen parte de la fraternidad y la solidaridad de la sociedad, no pueden estar presentes en los deshuma­nizados mercados convencionales puesto que no tienen en cuenta las relaciones de saber que aparecen en ellos. Este hecho niega la sustentabilidad social de este tipo de mercados.

Finalmente, hay dos tendencias en el manejo de los alimentos por parte de la sociedad. Una es tener cada vez mayor control sobre los alimentos, hasta que estos queden en manos de unas pocas multinacionales de alimentos; esa es la tendencia que se mueve en torno a las famosas “cadenas productivas”; y la otra es la de democratizar cada vez más la producción, la transformación y el consumo de los alimentos, pensando más en estos como un bien y un derecho de todos los hombres a poseerlos; se pretende así convertir los alimentos en un derecho de los pueblos, arrebatándoles a las grandes empresas y multinacionales el control de los mismos. Sólo un mercado que genere esta visión política de los alimentos puede ser un mercado sustentable.

Con esta corta reflexión queremos aportar al debate sobre la clase de mercado que debe acompañar a los procesos de producción agroecológica. Así como un día hablamos de producción alternativa y estamos construyendo la propuesta, ahora hablamos de la necesidad de construir una propuesta de mercados alternativos sustentables.

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Informes: Guillemo Castaño -Corporación Surcos Comunitarios, surcomun@interco.net.co

Publicado en Julio 01 de 2004| Compartir
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