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De los llanos y selva

Alfredo Molano, Colombia, Febrero 12 de 2015, Este artículo ha sido consultado 1070 veces


<span style="font-family: arial, helvetica, sans-serif;">Los Llanos Orientales y la selva amazónica representan el 55 por ciento de la superficie del país. En ellos vive el 4,7 por ciento de la población y se produce el 64,9 por ciento del petróleo, el 40 por ciento de la cocaína, el 25 por ciento del ganado.Sobreviven 66 comunidades indígenas —de las cuales 22 están en peligro de extinción— y han sido desplazadas en la última década 422.732 personas. Son los datos básicos de un territorio extenso, marginal y en constante conflicto. Se debe decir que una parte significativa de sus regiones está definida, por ley, como áreas naturales protegidas: parques nacionales, reservas naturales, santuarios de fauna y flora, reservas forestales.</span>

Las soledades y los conflictos que lo habitan tienen una historia que comienza con el bloqueo natural, presentado por la gran cordillera Oriental; el económico, determinado por la prohibición interpuesta por los comerciantes de la Cartagena colonial a la navegación por el río Orinoco para conservar su monopolio mercantil con Europa, y el litigio limítrofe de España con Portugal a raíz del Tratado de Tordecillas. 

El dominio territorial estaba amenazado por Portugal en el Amazonas, y por Inglaterra y Holanda en el Orinoco; la Cordillera Oriental era tanto una defensa militar como un obstáculo económico. La Corona intentó poblar y evangelizar la región por medio de empresas misioneras, la más importante, sin duda, la de la Compañía de Jesús, que fundó hatos en Casanare y San Martín.

Sólo después de las guerras civiles, a fines del siglo XIX, comienzan tímidamente a desarrollarse algunas actividades económicas. La explotación del caucho en la cuenca amazónica empujó a unos pocos empresarios y a una manotada de aventureros a recolectar goma a toda máquina, tal como lo imponía la revolución industrial en pleno auge. Nuestros caucheros debían competir, sin embargo, con las poderosas casas brasileñas y peruanas, que contaban con el apoyo militar de sus gobiernos. El caso más conocido de esta rivalidad fue la llamada guerra del Perú, que dejó un muerto y dos carreteras, de Pasto-Mocoa y la de Neiva-Florencia, para transportar tropas. 

También, por supuesto, un rosario de misiones religiosas y de pequeños puertos comerciales. La explotación de los indígenas y de las selvas fue brutal y dio lugar al Libro Azul, escrito por sir Roger Casement, respaldado por el parlamento inglés, y que le permitió a José Eustasio Rivera escribir la Vorágine. En los llanos, la economía extractiva siguió siendo la ganadería, acompañada fugazmente por la bonanza de las plumas de garza cuando se pusieron de moda en el París de los años veinte.

En los últimos tiempos se fundaron en el piedemonte grandes haciendas que combinaban la cría de ganado con el cultivo de café. Poco a poco, las economías regionales de la cordillera Oriental abrieron caminos hacia el llano: Bogotá-Villavicencio, Sogamoso-Yopal, Cúcuta-Arauca, que facilitaron los primeros brotes de colonización campesina, que siguieron los caminos de caucheros y cazadores y de las primeras exploraciones petroleras.

Los Santanderes abrieron la región del Sarare y por allí se fue ocupando Arauca; Boyacá se regó hacia Casanare; Cundinamarca y Tolima, hacia Meta; Huila se prolongó en Caquetá, y Cauca y Nariño se extendieron Putumayo abajo. Estos desplazamientos de población crearon vínculos económicos y políticos, metrópoli-colonia, a la manera como Europa los creó con África.

El verdadero poblamiento y la colonización de llanos y selvas comenzaron durante las violencias de los años cincuenta. De la región andina llegaron miles de campesinos perseguidos por los gobiernos conservadores (1946-1953) y descompuestos por la inercia del conflicto. En los llanos del piedemonte se formó y se fortaleció una resistencia liberal que arrastró a la mayor parte de la población entre Tame y San José del Guaviare.

La fuerza pública tomó partido y una cruenta guerra civil regular asomó. Un acuerdo entre las élites políticas promovió el golpe de Estado de Rojas, que decretó la amnistía general y dio garantías políticas al liberalismo. La acelerada concentración de la propiedad agraria en la zona andina durante el periodo, las perspectivas de paz y la construcción de carreteras hacia el suroriente del país, fortalecieron la migración, y la llamada frontera agrícola de desplazó siguiendo los cursos de los ríos. Fue una colonización heroica, carente de recursos, enfrentada a una naturaleza hostil.

A fines de la década del cincuenta buscó refugio en la región de la Macarena un movimiento agrarista de campesinos que huían del Tolima y Cundinamarca y que no habían entregado todas las armas al gobierno. Fundaron lo que se ha llamado la colonización armada. El ataque a las llamadas Repúblicas Independientes (1963) refuerza el movimiento, que avanzó en las siguientes décadas por las cuencas altas del Guaviare y del Caquetá.

Total, la colonización campesina seguida por la concentración de tierras y el desarrollo de una economía basada en el uso de mano de obra asalariada. La apertura de la frontera es un proceso de acumulación originaria de capital. Los colonos que, por definición, llegan sin medios económicos distintos a su fuerza de trabajo familiar, deben apelar a los créditos de tenderos y comerciantes para sobrevivir mientras sus mejoras comienzan a producir. Generalmente acumulan una deuda que no pueden pagar con facilidad ni a tiempo.

Poco a poco caen en un endeudamiento crónico que saldan con la tierra descumbrada y en pastos. Muchos colonos viven de abrir la selva y vender mejoras para volver a comenzar más adentro. Pocos logran superar la bancarrota. No obstante, las mejoras se valorizan a medida que los colonos avanzan abriendo trochas y civilizando la tierra. Todo ello significa que la colonización es un mecanismo para ampliar el mercado, crear capital y concentrar la propiedad rural.

Se puede decir que la colonización campesina constituye una modalidad de desplazamiento permanente de población. En general, las políticas de desarrollo gubernamental intensifican el proceso. Detrás de los colonos van los comerciantes que terminan invirtiendo sus capitales en ganadería. En coyunturas favorables de mercado —crédito, demanda, transporte—, los ganaderos se transforman en agricultores empresariales y cultivan arroz, maíz, algodón y sorgo. Sucedió en algunas regiones de Casanare, Meta, Caquetá desde 1970 hasta la apertura económica, que los quebró. Al mismo tiempo crecieron con rapidez Villavicencio y Florencia, y a menor ritmo Arauca, Yopal, Granada y San José del Guaviare.

A mediados de la década del setenta fue introducida desde la costa atlántica la marihuana y poco después el cultivo de la coca comercial. Los colonos, los empresarios y las autoridades locales advirtieron que se trataba de una actividad económica muy rentable, que a unos les permitía salir de la bancarrota; a otros concentrar capitales, y a los últimos, beneficiarse económicamente de sus cargos. Así que la oposición a los nuevos cultivos fue retórica.

La región más activa en integrantes a la nueva economía fue el sur del Meta y el norte de Caquetá. La bonanza marcó el inicio de una nueva ola de migración heterogénea en sus condiciones sociales, y múltiple en sus orígenes regionales. El poblamiento de zonas baldías, unas, y ocupadas por comunidades indígenas, otras, conoció un ritmo hasta entonces inédito. Al mismo tiempo y por idéntica razón el cultivo y el procesamiento de coca fue integrando otras regiones al norte del río Meta y al sur de Caquetá.

Hacia fines de los ochenta, los motores económicos de acumulación originaria de capital eran el cultivo de coca y el tráfico de cocaína. Todas las instituciones y todas las economías resultaran vinculadas —unas más, otras menos— al negocio, incluidas, por supuesto, las guerrillas y las autoridades encargadas de combatirlas. No todo fue social y políticamente negativo. Muchos empresarios y no pocos campesinos invirtieron sus ganancias en actividades legales y en compras de tierras.

Al mismo tiempo se desarrollaba otra bonanza, la petrolera. Se descubrieron y explotaron los campos de Caño Limón, Cusiana, Apiay y Orito. Los pueblos progresaban; las demandas de alojamiento, alimentación, transporte crecieron de manera vertiginosa; las rentas departamentales y municipales conocieron presupuestos fabulosos; las guerrillas se beneficiaron, por la vía de la extorsión, de la excepcional coyuntura económica. El conflicto armado, que hasta entonces tenía un carácter netamente agrario, se transformó en un problema nacional. Fueron creados grupos paramilitares organizados y financiados por narcotraficantes, grandes ganaderos y sectores de la fuerza pública que, a cambio de favorecer sus negocios, sembraban el terror para derrotar la guerrilla y controlar política y económicamente regiones enteras.

A instancias de Estados Unidos, Colombia entró en la guerra contra el narcotráfico. La fumigación intensiva de los cultivos ilegales —incluida la amapola— no logró detener el narcotráfico pero sí, en cambio, desplazar a los colonos y obligar a cambiar de plaza a los comerciantes locales. En general, los cultivos ilegales ampliaron los teatros de guerra y fortalecieron las partes en ellas implicadas.

Las millonarias inversiones militares son quizás equivalentes a los beneficios económicos de los negocios ilegales. El Plan Colombia, por ejemplo, se inició con cinco millones de dólares, que fue también la cifra, estimada por los economistas, de los ingresos anuales de los narcotraficantes.

El aumento del precio de los alimentos y la relativa escasez de tierra apta para cultivarlos hizo que grandes empresarios miraran hacia el llano preparaban planes de inversión que se llevan a cabo desde hace pocos años. La altillanura está siendo transformada a una velocidad desconocida: los efectos sociales y ambientales han sido puestos de presente en repetidas ocasiones. Al mejorarse la navegación por los ríos y el transporte por carretera, unos siete millones de hectáreas entrarían a formar parte de esta nueva colonización en una zona ocupada por ganaderos, pequeños y medianos colonos, y comunidades indígenas.

Del otro lado, la exploración y explotación de oro han recuperado su vigencia  regional, y la minería ilegal se desarrolla abiertamente en los ríos Guainía, Apaporis, Caquetá y Putumayo. Las consultas previas a comunidades indígenas y las licencias de explotación son obtenidas de manera fraudulenta; lo mismo sucede con el aprovechamiento de las maderas en la Amazonía.

El conjunto de estos desenvolvimientos económicos, al hacer caso omiso de la reglamentación ambiental, atenta contra el futuro turístico de la región y, claro está, contras la superviviencia de las culturas indígena y llanera. No es tarde para detener para siempre los abusos contra la naturaleza y contra una población trabajadora en llanos y selvas del suroriente del país que busca libertad y prosperidad.

 

Publicado en Febrero 12 de 2015| Compartir
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